Siempre me hacen esa pregunta, y nunca conté la historia completa. Así que aquí va.
Una de las primeras maneras de expresarnos cuando somos niños es a través del dibujo, con lo que sea que tengamos a mano y sobre la superficie que sea. Seguramente recordarás haber visto dibujos en muchas paredes, ya sean de tus hijos, tus sobrinos o de algún vecino.
Muchos suelen preguntarme: A qué edad empezaste a dibujar?. Me detengo un segundo, pienso, y les respondo con otra pregunta (aunque dicen que eso es de mala educación 🙈): cuándo dejaste de dibujar tu?.
Asienten y se quedan pensando, quizá recordando aquella última vez que se dejaron llevar por esa forma de expresión tan antigua como la humanidad. Y perdón, me fui por las ramas. Así soy, si me conoces lo sabes, y si no… te tendrás que ir acostumbrando.
En clases solía ser «el que dibujaba bien». Yo pienso que era el único que le ponía ganas, o que sabía algunos trucos que el resto no. Lamentablemente, la mayoría de esos dibujos los regalé o los rompí en algún ataque de ira y frustración. Y sí… yo también dejé de dibujar, sobre todo en la adolescencia, cuando el fútbol, la música y las mujeres pasaron a ocupar la mayor parte de mi tiempo. Así fueron pasando los años; cada tanto hacía algún dibujo —por los mismos motivos que lo dejé—, algo de Boca, de alguna banda o para llamar la atención de alguna chica.
Pero volvamos al tatuaje. Mi padre, como buen buscavidas que era, solía vender sandías en la calle algunos veranos. Mi mamá, mi hermano y yo lo acompañábamos cada tanto. Resulta que, en uno de esos veranos, su puesto quedaba justo al lado de un kiosco de diarios. El chico que atendía tenía tatuado en el hombro derecho un pequeño duende de unos 10 centímetros. Yo lo miraba y pensaba: «Cuando sea grande me haré un solo tatuaje y será un duende». Spoiler alert: jamás me tatué un duende..
Sigamos. Cuando tenía 12 o 13 años, mi hermano (que me lleva 6) construyó una máquina de tatuar «tumbera» con el motorcito de una radio y un tubo de lapicera. En aquellos años no había mucha información, y en mi casa no teníamos computadora, mucho menos internet. Así que él, así de lanzado, empezó a tatuar. Recuerdo que se tatuó la panza solo, alrededor del ombligo: el sol de Godsmack, con una tinta china negra y roja. Luego empezó a tatuar a amigos y chicos del barrio. Dibujaba todo a mano alzada, sin cobrar un peso, solo por amor al arte. Yo chusmeaba cada vez que podía; me atraía mucho.
Pasaron los años y mi hermano nunca dejó de tatuar, pero siempre lo hizo como hobby, en los pocos tiempos libres que tenía fuera de su trabajo. Fui creciendo viendo todo eso, pero en esa época no se me cruzaba por la cabeza hacerlo yo.
Ah, me olvidaba: cuando cumplí 16 años le pedí permiso a mis padres para tatuarme y accedieron. Así que mi hermano hizo, a mano alzada, mi primer tatuaje. Aún lo tengo... y sí, a dónde se iba a ir si no?
Terminé la escuela en 2006. Como no sabía qué seguir estudiando, en 2007 hice un secretariado jurídico para no perder el ritmo mientras pensaba qué hacer de mi vida; a la vez, trabajaba haciendo algunas changas.
En 2008, ya decidido, me anoté en Criminalística. Pero cuando estaba haciendo el propedéutico, un profesor nos dijo que si no eras policía, iba a ser muy difícil conseguir trabajo de eso. Y si de algo tuve certeza alguna vez es que nunca seria policía. Así que me cambié a Accidentología Vial, que tenía una salida laboral un poco más amplia. La verdad es que no tenía idea de qué iba la carrera, pero ahí estaba (algunos años más tarde entendí que nada de eso fue casualidad).
La carrera me gustaba, tenía cosas muy interesantes: me iba bien en Química Legal, me aburría en Mecánica... pero lo que realmente importa aquí es que en el primer año tuve Dibujo Técnico. Y así fue como mi amor por el dibujo volvió.
Pasaba horas incontables haciendo esos dibujos precisos, intrincados, con perspectivas, tridimensionales... Me costaba, sí, porque nunca había dibujado de manera tan estructurada. Pero eso me devolvió la paciencia y ya no hubo vuelta atrás: cuando las materias o los profesores me aburrían, me ponía a dibujar en los márgenes de las hojas.
En aquella época se estaba poniendo de moda un programa de TV que cambió muchísimo la perspectiva que la gente tenía sobre los tatuajes (Miami Ink) ; mostró un lado diferente y rompió varios prejuicios. A veces lo miraba hasta con mis padres. Y sí, con toda esa mezcla, esa pasión se me estaba metiendo en la cabeza de manera inesperada e inconsciente.
Hasta que un día, no sé exactamente por qué, la idea se me cruzó: «¿Y si me pongo a tatuar?».
Se lo comenté a mi hermano, fui a su casa y me mostró cómo armar la máquina (sí, la tumbera). Me enseñó cuánto cargar de tinta, cómo pinchar, cuán profundo... Y ese mismo día me tatué a mí mismo una pieza de puzzle.
Así fue como comencé. Otro día les cuento el resto de la historia… Si estás leyendo esto y llegaste hasta aca es porque tu también formas parte de la historia… quizas mas adelante hasta tengas tu propio capitulo… y si aun no formas parte, esta es tu oportunidad: puedes pedir tu cita Aquí .
Leo Puzzle.